Vítor Baía (1969, Vila Nova de Gaia, Portugal) me atiende desde su casa de Oporto a través de una videollamada. Aparece sonriente, bromea con su bigote y, a sus 56 años, mantiene intacto un llamativo pacto con el tiempo.
En 1996 se convirtió en el portero más caro del mundo: el Barça pagó 1.000 millones de pesetas por su fichaje y le firmó un contrato de ocho temporadas. Su etapa azulgrana fue más corta de lo que imaginaba, pero dejó cicatrices y recuerdos difíciles de borrar.
¿Cómo es el día a día de Vitor Baia ahora?
El fútbol está siempre conmigo. He estado en el Oporto cuatro años como director del área de fútbol. Y ahora doy conferencias... hago cosas con FIFA y UEFA y disfrutó en el Barça Legends. Es un placer jugar y volver a ver a mis excompañeros. Hay jóvenes como Montoya que se han retirado hace poco y se nota... los veteranos hacemos lo que podemos [sonríe].
Yo tenía una capacidad muy grande de control. Mi mente la controlaba yo. Podía equivocarme, pero tenía una fuerza mental increíble. Esa es la verdad
Tu fichaje por el Barça fue caótico. Köpke llegó incluso a fotografiarse en el Camp Nou. ¿Qué ocurrió?
Hubo un momento en el que pensé que ya no iría al Barcelona. Pero entonces mi agente me llamó y me dijo: “Mira, el Barça sigue apostando por ti y te quiere a toda costa. Vamos a encontrar una fórmula equilibrada que sea buena para todos”. Y eso fue exactamente lo que hicimos. Para mí fue una sorpresa llegar al día siguiente y ver en la prensa las fotos de Köpke en el Camp Nou.
¿Qué pensaste?
Me quedé desconcertado. Pensé: “¿Nos vamos a quedar los dos?”. Porque Kopke había hecho una Eurocopa de 1996 excelente; venía de ser campeón de Europa con Alemania. Después hablé con el presidente y le pregunté directamente si la idea era que nos quedáramos ambos. Me dijo que no, que existía una cláusula: si mi fichaje se cerraba con éxito, podían rescindir el acuerdo que habían firmado el día anterior con Köpke.
¿En algún momento de tu carrera llegaste a coincidir con Köpke y hablar de lo ocurrido?
No, por increíble que parezca, no… Espera, déjame pensar… ¡Sí! Coincidimos en un Alemania-Portugal y estuvimos hablando y riéndonos juntos, pero no llegamos a tocar el tema. Tampoco hacía falta [risas].
Robson y Mourinho formaban parte del cuerpo técnico. ¿Influyó Mou en tu fichaje?
Sí, estoy convencido de ello. También Bobby Robson me llamaba para preguntarme cómo avanzaban las negociaciones. Yo les decía que no estaba siendo sencillo, porque Joan Gaspart era un negociador muy duro, aunque defendía perfectamente los intereses del Barcelona.
El día que salí del Barça fue uno de los más tristes de mi vida pero hay cosas que no puedes controlar
¿Cómo era el Mourinho que conociste en el Barça comparado con el que luego te encontraste en el Oporto?
Mucha gente intentó menospreciarlo diciendo que era un traductor, pero Mourinho era cualquier cosa menos eso. Estaba muy preparado, tenía una capacidad de comunicación fuera de lo normal y ya se veía que quería ser entrenador. Participaba mucho en los entrenamientos y en las charlas y conectaba muy bien con los jugadores.
Robson tenía un castellano complicado. Había nombres que Robson decía mal. Por ejemplo a Luis Enrique lo llamaba "Luis Enriquis"... ¿era Mou quien hablaba en las charlas?
[Sonríe] Nos hacía gracia porque había palabras y nombres que no terminaba de decir bien, pero las charlas las daba normalmente Robson. Solo cuando quería explicar algo más complejo recurría a Mourinho: hablaba con él en inglés y después Mourinho nos lo transmitía a nosotros. Y sí, lo de los nombres era cierto, aunque no solo pasaba en Barcelona. En el Oporto y en el Sporting de Lisboa ocurría exactamente lo mismo. Los jugadores siempre lo recuerdan con muchísimo cariño.
¿Qué impresión te llevas del vestuario y del primer entrenamiento?
Lo primero que recuerdo, más que el primer entrenamiento, fue la rueda de prensa de mi presentación y después ir al Miniestadi a hacer las fotos también relacionadas con mi presentación, porque el Camp Nou estaba en obras. En el trayecto de un sitio a otro, el cariño de la gente fue increíble. Fue algo inolvidable.
¿Y los compañeros?
Llegaron grandes jugadores: Luis Enrique, Ronaldo, llegué yo, llegó Pizzi; volvió Stoichkov, que había estado en el Parma. También Laurent Blanc, campeón del mundo y de Europa con Francia; Popescu… Era un equipo muy bueno. Además, había jugadores catalanes de gran calidad: Sergi, Chapi, Pep Guardiola… Después Abelardo, que era una gran persona y un buen jugador; Giovanni Silva, muy buen jugador, muy tímido fuera del campo, pero con una calidad increíble dentro. En los primeros entrenamientos ya vi que había mucha calidad.
¿Quién tenía el disparo más difícil de parar en los entrenamientos?
Ronaldo era difícil porque era imprevisible. Luis Enrique también. Era un jugador que me encantaba porque daba todo lo que tenía y más. Era un fenómeno. Giovanni también era muy difícil por la forma en que chutaba. Había tres o cuatro jugadores muy buenos. Iván de la Peña era un chico del que nunca sabías lo que iba a hacer. Después los hermanos, Roger y Óscar, también estaban con nosotros y tenían mucha calidad.
Óscar contó en una entrevista que, tras el primer entrenamiento de Ronaldo, Iván de la Peña le dijo: “No te preocupes, con este vas a seguir jugando”, porque aquella primera sesión no fue especialmente buena…
[Risas]. Sí, pero fue porque estábamos muy cansados. En aquel momento había mucha carga física y el balón te pesaba toneladas. Incluso yo me sentí mal porque perdí mi primer partidillo, la “pachanga”, por cinco o seis goles. Tenía hasta un poco de vergüenza, supongo que pensaban: “¿Y este es el mejor portero del mundo?”. Lo que pasó con Ronaldo también me pasó a mí.
Luis Enrique decía: “Ronaldo entrenaba poco, pero cuando jugaba era increíble”.
Ronaldo, cuando quería, entrenaba bien pero no estaba una hora y media o dos comprometido. Pero cuando cogía el balón y arrancaba, era increíble. Se veía que era diferente. Es el jugador más fuerte con el que juegué en toda mi carrera.
¿Lo que hacía en los partidos os sorprendía?
En los entrenamientos ya hacía cosas parecidas, pero no con la misma intensidad que en los partidos. En competición lo hacía durante 90 minutos, sin descanso: cogía el balón, no tenía miedo, encaraba a uno, a dos, a tres, a cuatro… y luego definía con una facilidad increíble. Fue un gran error que se marchara del Barça, y se lo dije a él. En Barcelona era un rey y se fue a Italia, un fútbol más físico y táctico, donde trabajó el cuerpo de otra manera. Ganó masa muscular, pero no grasa. Después llegaron los problemas de rodilla.
Mi agente se fue a vivir a Bélgica y me quedé solo en un momento donde había una campaña por lo que cobraba. Esos fueron los momentos más difíciles
¿Cuál es el momento que más te impresionó de Ronaldo?
Su partido en Compostela. Fue increíble: fue casi desde mi portería hasta la otra, regateando a todo el mundo, incluso al portero, y marcando. Todos nos llevamos las manos a la cabeza. Luego vi la repetición y también Bobby Robson hizo lo mismo [risas].
¿Qué le dijisteis en el vestuario?
Que era algo increíble. Solo los predestinados, como Diego Maradona o Pelé, pueden hacer algo así. Ahora también Lionel Messi o Cristiano Ronaldo. En ese momento no teníamos a Messi ni a Cristiano.. Aquel Ronaldo era como ver a Maradona del gol del Mundial del 86. Fue increíble ver aquel gol en directo.
¿Qué Ronaldo ha sido mejor?
Son diferentes. No jugué con Cristiano, pero si me preguntas por profesionalidad, Cristiano sin duda: lo que entrena, lo que hace fuera… es increíble. Ronaldo tenía talento puro, fuera del campo era otra cosa, es brasileño; Cristiano ha trabajado tanto que se ha convertido en una máquina. Compararlos es injusto, pero los son de otra dimensión.
¿Quién era el líder de ese vestuario que apretaba cuando hacía falta?
Teníamos varios: Guardiola, Luis Enrique, Popescu, Laurent Blanc… También LuisFigo, que tenía una relación muy fuerte con la afición. Eran cuatro o cinco con gran personalidad, y cuando intervenían, era de forma acertada.
¿Recuerdas algún momento complicado de esa temporada donde tuvieran que intervenir?
[Se lo piensa]. Lo único que podía pasar tenía que ver con algo de fuera del campo: salir por la noche o cosas así. Pero dentro había un ambiente increíble. No recuerda ningún momento de violencia. Alguna entrada fuerte algún día... pero se resolvía siempre ahí. También había cierto cuidado, porque no era obligatorio entrenar con espinilleras.
¿Y el personaje más divertido del vestuario?
Amunike, sin duda. Era increíble. Nos reíamos siempre con él. Porque tampoco hablaba muy bien español, pero tenía salidas muy peculiares.
Cuéntame alguna....
Cuando ganamos un título —creo que fue la Recopa o la Copa del Rey— le hicimos una broma. En el momento de subir el trofeo durante la celebración, lo pusimos en una camilla. Pero al bajar del autobús, la gente vio una ambulancia y se pensó que había pasado algo serio. Todo el mundo se moría de risa. Nosotros llorábamos de la risa con lo que estaba pasando, y él seguía ahí, tan tranquilo. Tenía problemas en la rodilla y por eso lo pusimos en la camilla, para que no tuviera que subir las escaleras. Era un personaje increíble.
En tu primera temporada coincides con Julen Lopetegui y Carlos Busquets. Carlos era un portero especial, ¿cómo era en las distancias cortas?
Cuando empezamos a entrenar me di cuenta de que tenía cualidades. Al principio notabas que era una persona que no hablaba mucho y tenías que saberle entrar. Tenías que intentar conocerlo, y cuando lo conocías, veías que era una persona increíble. Fue muy buen compañero.
Los partidos contra el Atlético y el del Dinamo de Kiev son tus dos momentos más delicados en el Barça ¿Cómo los recuerdas?
El primero fue tremendo, un partido épico, una remontada increíble, uno de los más espectaculares de la historia del Barcelona. No estuve bien en el primer gol, lo admito, pero después no podía hacer nada. Perdíamos 3-0, ese era el problema. Cuando remontamos, fue una explosión de sentimientos. Lloré como un niño. Estábamos casi fuera de la Copa del Rey… y luego la ganamos. El segundo partido fue diferente. Venía de una lesión en la rodilla de ocho meses. Solo llevaba una semana entrenando. No estaba bien, pero Van Gaal quiso que jugara. Me dijo que confiaba a pesar de saber que no estaba a tope. Yo acepté, pero no estaba bien. Fue un error mío. Me enfadé con él, pero no fue justo. La responsabilidad fue mía por querer jugar y le pido disculpas por eso. A partir de ahí hubo problemas con él que acabaron con mi salida del Barça.
Joan Garcia ha superado mil veces todo lo que podía imaginar. Está entre los mejores del mundo
¿Fue muy difícil la relación con Van Gaal?
Van Gaal tuvo algunos comportamientos que no han sido los más correctos, pero eso es diferente. En este caso concreto no tuvo culpa ninguna. Cuando un jugador dice que va a jugar, tiene que estar bien. Yo pensaba que estaba bien, pero no lo estaba. Y ha sido un problema, porque a partir de ahí los problemas con Louis van Gaal fueron grandes, y eso llevó, con mucha pena mía, a salir del Barcelona.
Ante el Atlético terminas llorando... ¿qué se te pasó por la cabeza al descanso?
Yo tenía una relación con la afición tremenda. Desde el primer partido, cuando ganamos el Gamper —donde fui el mejor jugador—, hasta el último partido conmigo, han sido increíbles. Cada parada que hacía eran 100.000 personas gritando mi nombre. Mi primer año fue de película. Pero no hay ninguna afición a la que le guste ir perdiendo 3-0 o 4-1 sin que su portero esté ayudando. Solo en ese momento sentí algo de incomodidad por parte de la afición hacia mí, pero lo comprendí completamente. El día que salí del Barça fue uno de los más tristes de mi vida, porque firmé por ocho años y quería terminar ahí. Las lesiones y las decisiones de los entrenadores, en este caso de Van Gaal, no ayudaron. Pero mi relación con todos fue increíble.
Pero más allá de la afición, ¿cómo te recompusiste tú en ese momento?
Yo tenía una capacidad muy grande de control. Mi mente la controlaba yo. Podía equivocarme, pero tenía una fuerza mental increíble. Esa es la verdad. Y entré en la segunda parte para hacer lo mejor posible y conseguí hacer alguna parada importante que ayudó a ganar el partido. Para mí, lo mental nunca fue un problema. La recuperación mental en momentos difíciles era algo natural.
¿No te pesó nunca la camiseta del Barça o el Camp Nou?
No. Imagínate... el primer año ganamos todo menos la Liga, que se perdió al final. Mi problema fue otro. Te lo voy a explicar. Cuando llegué a Barcelona mi agente dio toda mi documentación a Josep Maria Minguella. Contrato, datos… todo. Y a mitad de temporada, cuando se renegociaban contratos, como el de Guardiola y otros jugadores, empezó una campaña muy fea contra mí en la prensa.
¿Por qué?
Porque tenían toda mi información. Y ahí sí: ese fue el gran problema. Yo estaba solo. Hoy los jugadores tienen equipos, asesores… Yo no tenía nada. Mi agente me dejó solo y se fue a Bélgica a vivir. Ni hablábamos. Por eso me costó y ahora entiendo cuando se habla de coaching. El trabajo de fuerza mental lo hacía yo todo sin saber. Eso fue lo que más me costó en un momento que estaba jugando de puta madre. Empezar a ver críticas sin justificación solo por mi sueldo. Estaba haciendo partidazos y se preocupaban por mi sueldo.
¿Te afectó mucho tiempo?
Me afectó durante dos o tres partidos. Pero después ganamos la Recopa y tuve actuaciones de gran nivel en toda la competición. Recuerdo la eliminatoria contra la Fiorentina. Fue un orgullo, porque ayudó a ganar títulos. Después en la final también estuve a un nivel alto contra el PSG. En dos años y medio gané cinco títulos. Es mucho. Los títulos hablan por sí solos, pero no podía controlar lesiones y entrenadores.
¿Se fue injusto contigo?
Sí. Porque el foco se puso en “¿por qué gana tanto dinero un portero?”, eso apareció en todos los medios, en todos los programas. Gente que no me conocía hablaba de mí. Pero era una estrategia. Y no era difícil saber por qué. Cuando renovaron los jugadores que estaban renegociando su contrato, paró toda la campaña y yo volví a ser el mejor portero del mundo. Es la primera vez que hablo de esto pero con el tiempo te das cuenta de lo que pasó.
Durante esa época competías con Ruud Hesp, ¿qué recuerdo guardas?
Buenos. Fue un buen compañero, muy profesional. Siempre se preocupaba de que todo estuviera bien y era un gran profesional. No tengo nada negativo que decir.
En el Barça actual Joan Garcia está confirmando un nivel increíble, ¿cómo lo estás viendo?
Para mí ha sido una gran sorpresa. No lo conocía bien, pero ha superado mil veces todo lo que podía imaginar. Es un portero muy completo, domina todas las facetas del juego. Y además es tranquilo, tiene mucha calma y eso transmite mucha confianza a sus compañeros. Para mí, ahora mismo está entre los mejores del mundo.
¿Qué aspecto crees que lo hace más especial?
En el Barça hay muchos uno contra uno. Y tienes que saber cómo abordarlos. Él tiene el timing correcto, no cae con facilidad, aguanta. Eso es clave. Porque el Barça es esto: juegas con los pies pero después tienes que saber como te vas a exponer, porque juegas con la línea muy avanzada. Hay dos momentos claves que tienes que tener una capacidad por encima de la media: el primero, controlar muy bien la profundidad, y eso Joan lo hace muy bien; sustituir bien a los defensores cuando hay balones a la espalda. Y el segundo, el uno contra uno, que es difícil. Porque dentro de la portería todos tiene agilidad y explosión. Joan es alto y explosivo. Lo tiene todo: agilidad, explosión, altura… Cubre mucho espacio en la portería.
Deco fue quien apostó por él. ¿Cómo valoras su trabajo?
Su trabajo está siendo increíble. Lo conozco muy bien: es una persona muy inteligente, muy lista y muy profesional que sabe lo qué quiere y dónde quiere ir.
¿Es verdad que estuviste cerca de ser director deportivo del Barça?
No era verdad. Yo hablé unos días antes con Deco y ya me dijo que el puesto era suyo. Por eso, lo mío fue solo una especulación. Yo ya sabía que Deco sería el director deportivo del Barcelona.