No puedo imaginar qué podría pasar si todo lo ocurrido en las últimas semanas en el vestuario del Madrid hubiese sucedido en el Barça de Laporta. El triste espectáculo que está ofreciendo el entorno blanco, con insultos, broncas y agresiones entre sus propios futbolistas son una muestra más de la crisis que vive el Real Madrid desde hace dos años.
Florentino no solo ha perdido el control del vestuario, sino que también ha perdido el control del club. El fracasado proyecto, casi personalista, de la Superliga europea; el caos provocado por los conciertos en el nuevo Bernabéu, que ha obligado a suspender actuaciones musicales; la precipitada destitución de Xabi Alonso; las vacaciones en un yate de lujo de Mbappé mientras el equipo se jugaba la Liga; o la agresión de este jueves entre Valverde y Tchouaméni, de la que informó 'Marca', son evidencias del desorden y la tensión que se respiran en la entidad blanca.
Desde su primera salida del club, Florentino no atravesaba una situación tan crítica. Sin embargo, lejos de plantearse ceder el testigo a un sucesor o incluso dimitir, empieza a recibir críticas tanto de sus propios socios y de los medios tradicionalmente cercanos a su persona.
A todo eso, a sus 79 años, y con una salud delicada, debe reconstruir un vestuario dividido, donde las estrellas están enfrentadas entre sí; gestionar la situación de un entrenador que tiene los días contados; y afrontar la incertidumbre sobre quién debería liderar el próximo proyecto deportivo.
Todo ello, sin un director deportivo y, además, sin ninguna “bomba de humo” preparada en caso de una nueva derrota en el Camp Nou el próximo domingo.
En definitiva, un desastre absoluto que desembocará en otra temporada sin títulos importantes, mientras el Barça ya prepara la celebración de su segunda Liga consecutiva.
Por eso, el silencio público de Laporta y de la directiva azulgrana no se corresponde con lo que debe ocurrir cuando se reúnen en privado. Eso sí, para que la fiesta sea completa hay que ganar el domingo. Si eso ocurre será la repera. Por no soltar un exabrupto más fuerte.